08 marzo 2007

Aquella tarde en la casa de Hemingway me hacia tantas preguntas sentada sobre unas piedrezuelas bajo la sombra de un árbol que seguramente su otrora dueño plantó. Mientras esperaba que mis compañeros de viaje llenaran sus maquinas de preservar recuerdos, me preguntaba ¿por que Ernest Hemingway escogió esta isla y en especial este lugar (San Francisco) para vivir gran parte de sus años? y respuestas abrumadoras desfilan una tras otras por mi cabeza. Son tantas las razones que se me ocurren y seguramente si tuviera una entrevista con el autor de El Viejo y el Mar me daría mas de un centenar de razones. Toda huele a Hemingway, sus libros, sus muebles, sus botas y la evidencia tangible de su afición por la caza en el lejano continente negro, reposan en esta casa en las que cada detalle y rincón fue cuidadosamente pensado inclusive el cuarto de huésped donde dormían los 84 gatos que luego fueron trasladados hasta la torre que construyó y donde pasaba gran parte del día escribiendo, leyendo, contestando la correspondencia, y por supuesto, admirando el paisaje lleno de árboles frutales abundantes en “La Vigía”, su finca. Su barco también reposa cerca de la casa -ahora convertida en museo- en ese mismo navío recorrió las aguas del atlántica junto a ese viejo capitán de nave que según se cuenta le serviría de inspiración para su obra más conocida, ahora su barco yace a distancia muy escasa de las tumbas de sus tres perros y bajo la sombra de los árboles que brindan un paisaje ensoñador y enigmático incluso para el menos curioso Lo cierto es que el espíritu de el viejo Hemingway aun se percibe deambulando entre los estantes de sus mas de nueve mil volúmenes, sobre su barco, o simplemente se lo intuye en el viento que mece las hojas del árbol bajo el que me hice mil preguntas.

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