01 julio 2007

Por: Siomara España Muñoz

IREPETIBLE TARDE CON LA POETA CARILDA OLIVER

EN SU CASA DE MATANZAS - CUBA

Con Carilda Oliver, Raidel Hernández y jenny de Uzu

Compartir una tarde con una leyenda y figura de las letras cubanas e hispanoamericanas fue realmente un verdadero regalo del cielo, una dádiva de alguna de las musas que rodea el firmamento Habanero, colmado de arte, de fantasía, de cultura, alucinación y magia. Y es que visitar la paradisiaca isla de Cuba no hubiese sido igual sino tenia el privilegio de conocer a Carilda Oliver Labra, una cantora sin par en ese muy particular estilo coloquial intimista o erótico. Poeta de lo sublime, de lo bello, de lo cotidiano, delicia para el oído y regocijo para el alma. Embelesada desde hace años con el nombre y la voz de esta romera de versos cadenciosos, enamoradizos; escarchas de fuego y gozo que se hacen carne, que se hacen sangre en la letra de esta Matancera. Recorriendo las librerías de la Habana vieja, fui dando con los libros que me interesaban, particularmente los de poesía, poesía de Cariada, preguntaba yo, ¿Dónde vive?, ¿como llego a su ciudad?, preguntas, y más preguntas todos al escuchar su nombre sonreían, se emocionaban, contaban anécdotas, todos conocían un poco de Carilda, ¡¡ah Carilda!! … ¡Carilda! Todos sabían, Todos la leían, pero el dato preciso… “Casa de las Américas” por supuesto, Roberto y Xiomara dos bellos seres humanos a cargo de la biblioteca de la Casa me dijeron donde encontrarla, Provincia de Matanzas, “Calzada de Tirry 33”,¡¡ que gran dato!!. Para mí felicidad mi buen amigo Dominique Uzu (un francés excepcional) había programado nuestro viaje a la playa de Varadero, y que sorpresa al revisar el mapa de la ruta, encontrarme con el paso obligado por la provincia de Matanzas –cuna de la poeta- emocionada hasta la chifladez, fui leyendo y releyendo sus poemas hasta llegar a su casa, un portón de madera, imponente y añoso me dio la bienvenida, luego su esposo, me recibió comunicándome que Carilda se encontraba enferma (adolece de un eficéma pulmonar) pero al decirle que era ecuatoriana y que seria maravilloso para mi poder conocerla, ella mando decir que pasara en la tarde para atenderme unos minutos, la playa de Varadero es realmente hermosa, pero confieso que no disfruté, pues en mi cabeza solo deambulaba sin descanso la idea de la posible entrevista que me daría la poeta al final de la tarde. Regresamos, y fue realmente gratificante cuando al golpear la puerta su esposo nos comunicó que nos estaba esperando, que maravilla… y ahí estaba ella, bella realmente bella, ojos azules, azules como el mar de matanzas, el mar de varadero, una sonrisa amplia, cálida, fraternal, hablamos de cine, de sus libros, de política, de Fidel, de Correa, y por supuesto, de poesía. Un ser humano de sencillez envidiable, mirada diáfana, un aura cristalina iluminaba su rostro, un pañuelo con hilos dorados en su frente, coqueteaba con sus ojos de niña traviesa. Su casa llena de gatos, de perros, de cuadros, medallas, llaves de ciudades; denotan su amor por la palabra, su amos por la poesía, ese casi respirar que justifica la vida. a la flor de sus 84 años sigue brillando en ese firmamento de poetas lucidos, de poetas claros y espontáneos, sin poses o ataduras, poetas sin tiempo. Me despedí de Carilda cuando el sol se había marchado con sus maletas llenas de mis antiguas dudas, nos abrazamos como hermanas y me dijo despacio, casi al oído -con esa voz cadenciosa que la caracteriza- palabras que nunca olvidaré. Me estoy marchando de la Isla y desde la altura silente confieso que alucino con regresar a Cuba, este país de contrastes que tiene la dicha de tener talentos de todos los sabores, estilos y colores, que tiene la suerte de tener entre su seno a esta gigante pero sencilla, poeta. Que tiene la suerte de tener a esta Carilda tan idolatrada.
Me desordeno, amor, me desordeno

Me desordeno, amor, me desordeno cuando voy en tu boca, demorada; y casi sin querer, casi por nada, te toco con la punta de mi seno. Te toco con la punta de mi seno y con mi soledad desamparada; y acaso sin estar enamorada me desordeno, amor, me desordeno. Y mi suerte de fruta respetada arde en tu mano lúbrica y turbada como una mal promesa de veneno; y aunque quiero besarte arrodillada, cuando voy en tu boca, demorada, me desordeno, amor, me desordeno.