19 mayo 2008

SERVIO ZAPATA
Dedica la totalidad de su última exposición al maestro de Úbeda Joaquín Sabina
Servio Zapata joven pintor ecuatoriano nacido en la recóndita Zaruma nos deleita con una explosión de luz y verdor a través de sus paisajes selváticos donde la jungla interminable es un deleite para el alma y los sentidos. Definitivamente un artista de exportación.
La poeta Dina Belrram, Evelyn Ron el pintor
Servio Zapata,y la poeta Siomara España
la noche de la exposición

14 mayo 2008

LA NOVIA
Cuento erótico

Por Jorge Queirolo Bravo

Iba manejando a toda velocidad por la autopista de circunvalación de mi ciudad, cuando de repente el auto comenzó a toser y, sin previo aviso se detuvo. Apenas alcancé a desviarlo hacia la berma y tuve suerte, pues lo hice con la habilidad suficiente como para no causar un accidente, de los que ya he tenido varios. Volvía de la casa de mi modisto, emplazada en una urbanización en las afueras del casco urbano. El motivo por el que lo visité fue para recoger mi vestido de novia. Ese día me casaría con el “hombre de mis sueños”, el magnate industrial Carlos Narciso Mesonero de Pereda, poseedor de una de las fortunas más grandes del país. En fin, la suerte me sonreía, excepto en lo concerniente a manejar vehículos, ya que la causa de la pana que me detuvo era la más simple que le puede suceder a un conductor: me había quedado sin gasolina. Eso era todo, mas estaba botada en medio de una autopista y para colmo mi teléfono celular tenía la batería descargada. Soy un desastre en cuanto a previsión. No lo puedo negar. Ya me estaba haciendo a la idea de caminar hasta la próxima estación de servicio a pedir ayuda, lo cual significaba unos buenos kilómetros de marcha azotada por el inclemente sol primaveral, cuando sorpresivamente un vehículo se estacionó delante del mío. Al menos estaba de suerte. ¿O sería la vistosa minifalda que dejaba ver mis esbeltas piernas? No lo sabría hasta que no viera quién era el o la conductora. Caminé unos pasos hacia el automóvil detenido, pero antes de eso se abrió la puerta del conductor y, del interior emergió un individuo de mediana edad y relativamente apuesto. Con un semblante sonriente, me preguntó acerca de lo que me pasó. Se lo conté con cierta pena y un poquito de vergüenza. Es que a nadie le gusta admitir que es despistado. Y yo siempre lo he sido. El hombre me miró con la mejor de sus sonrisas y me invitó a subir a su coche, con la oferta de que me podía llevar sin problemas hasta la próxima gasolinera y que allí no sería difícil conseguir un bidón para traer algo de combustible hasta el lugar de mis tragedias. A mí me pareció bueno el ofrecimiento y subí sin chistar, dejando en el portamaletas de mi transporte el vestido de novia que luciría esa noche en la catedral y posteriormente en el Country Club Las Heras ante más de mil quinientos invitados, incluyendo entre ellos al presidente de la república y al primer ministro. Todas las personalidades del país estarían presentes en un evento de tal magnitud y por supuesto que no podría faltar el cardenal Diego Solís y Solís, primado de la iglesia de la nación y que era el que me casaría aquella noche. Ese gordito nunca se perdía la oportunidad de estar en todas las fiestas, especialmente en las que había jovencitos hermosos y bien dotados, tal como a él le gustaban. Seguramente ya andaba cansado de tanto seminarista y del arzobispo Horacio Valladares de la Fuente, que según las malas lenguas, y las no tan malas también, era desde siempre su amante. A mí me daba lo mismo lo que hiciera el cardenal con su ano, el que se arriesgaba a enfermar de Sida era él. Volviendo a lo de mi anfitrión, me senté en el asiento del lado derecho y esperé a que partiera. No tardó más de unos segundos en hacerlo. Mientras conducía le miré las manos y no llevaba anillo de casado. ¿Lo sería? Tal vez era divorciado o bien podía ser soltero. No me atreví a preguntárselo. Me conversó sobre temas triviales, aunque noté un creciente interés de su parte en fijarse en mis piernas. ¿Qué se puede hacer en esas circunstancias? ¿Pedirle que pare y bajarme? Ni muerta. Lo único que me importaba era llegar a tiempo para dormir una buena siesta y más tarde levantarme para que mis asistentes me preparen, peinen y maquillen para la boda. No iba a estropear mi itinerario porque un desconocido se fijaba en mis piernas. Eso pensaba, hasta que el tipo pasó de la observación visual a posar una mano sobre mi muslo izquierdo. Y con la otra seguía conduciendo como si nada. Se notaba que estaba acostumbrado a hacerlo. Bueno, internamente pensé en protestar, pero me di cuenta de que no serviría y además el manoseo la verdad es que me gustó bastante. Así que no le dije nada. Lo dejé seguir. Miré subrepticiamente hacia la izquierda y noté un bultito bien crecido debajo de la cremallera de su pantalón. Me pareció bien que disfrutara tocándome, algo que no podría esperar ni de mi novio, cuyo único pasatiempo era ir a misa o rezar incesantemente. No lo culpo, así fue educado y tampoco conocía otra realidad distinta. La mano del conductor siguió subiendo con suma habilidad por mi entrepierna y a medida que se acercaba al fondo, mi vulva se humedeció hasta mojar el vestido. Comencé a sentir algo muy rico en mi cosita y tuve que tragar saliva para no jadear. Esa mano gruesa internándose hacia mi cueva me producía un cosquilleo muy placentero. No aguanté mis impulsos y mi mano se posó sobre sus genitales, buscando el cierre para abrirlo y liberar esa herramienta jugosa que tanto deseaba. Me dieron ganas de decirle que pare y que me haga el amor allí mismo, pero él fue mucho más rápido y con voz firme preguntó: ―¿Te gustaría ir a uno de los moteles que están a un par de kilómetros de aquí? Apenas pude balbucear un “sí” casi incoherente que me salió del alma. Le iba a poner los cuernos a mi futuro marido y en el mismo día de la boda. Hasta ese momento le había sido fiel. O mejor dicho casi fiel, porque de pronto me acordé del día en que hice el amor con mi mejor amiga. Aquel incidente no debería contabilizarse como una infidelidad, porque las dos andábamos ebrias y algo necesitadas de cariño. La diferencia es que en esta ocasión no andaba ebria. A lo mucho algo drogada, si es que contamos el porro de marihuana que me fumé después del desayuno. Entre tanta cavilación no advertí que en aquel momento traspasábamos el pórtico de un motel. Se notaba bien presentado, aseado y lleno de jardines y árboles. Aparcamos en una cochera que se cerró automáticamente y nos apeamos. Él abrió una puerta que daba a una habitación bien amplia, tenuemente iluminada, decorada con muchos espejos de diversos tamaños, equipada con un frigobar pequeño y un jacuzzi empotrado en una armazón de madera en una esquina. No conocía muchos moteles y con mi novio nunca fui a ninguno. Sobra decir que éste era virgen y que insistía en llegar en ese estado al matrimonio. Siempre me recordaba que el cardenal Solís y Solís le daba esa recomendación, por insólito que parezca. Eso era como si el diablo vendiera biblias, aunque rápidamente comprendí que carecía de sentido tratar de convencer a mi “noviecito” de que su consejero espiritual era sexualmente muy activo. ¿Para qué? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Una vez que me acostumbré a las luces en semipenumbra, avancé hasta el borde de la cama y mi amante me siguió. Sus manos expertas me desvistieron mientras me besaba apasionadamente. Sería una mentirosa si dijera que no estaba gozando, a la par que mentalmente intentaba vislumbrar qué es lo que estaría haciendo mi futuro marido. La respuesta fue automática: rezando, en misa o confesándose. ¿Qué otra cosa sabía hacer el muy inútil? Menos de tres minutos después ya estaba tumbada sobre la cama recibiendo la penetración de aquel lujurioso chofer. Previamente pude observar que su verga era muy grande, más que la del jardinero que me desfloró tras unos árboles y en el jardín de mi propia casa. Jamás se lo conté a nadie. Al pobre hombre lo habrían despedido y mandado directo a la cárcel por fornicar con una chiquilla de apenas catorce años. Nadie habría entendido que fui yo la que lo sedujo, obnubilada por su miembro cuando lo veía orinar entre los arbustos. Fue una suerte que jamás quedé embarazada de él ni tampoco del profesor de matemáticas de mi colegio. Éste no me excitaba tanto, pero la necesidad de mejorar mis calificaciones hizo que cediera ante sus galanterías. ¿Qué otra alternativa me quedaba? Los números no son mi fuerte. Menos peligroso era el acoso de sor Beatriz, de la que obviamente no temía que me dejara encinta. Por eso no protestaba cuando ésta me llamaba a su oficina, con intenciones que naturalmente nada tenían que ver con lo académico. La pobre monjita me daba pena: siempre buscando a las chicas con bajo rendimiento en los estudios para que le den unos instantes de placer. Y a ninguna se le ocurría negarse, considerando que su cargo de directora le confería un gran poder sobre sus inocentes pupilas. Nadie quiere repetir el año escolar completo por no sacrificar media hora de su tiempo. Mejor me olvido del pasado para volver a lo que estaba sucediendo en ese momento: me la estaban metiendo hasta por el agujero de la nariz. Sin darme ni cuenta me vi con el miembro viril de mi nuevo compañero dentro de mi boca, succionándoselo con fuerza y fruición. El muy cochino no se dio por satisfecho con la mamada y me penetró por detrás, causándome un dolor muy intenso al romperme el ano con su embestida. Al principio hubo sufrimiento y de a poco le agarré el gustito, en parte gracias a que él con su mano, y con mucha gracia, frotaba mi clítoris ardiente. En medio de lo mejor sonó un teléfono celular y era el de él. Lo supe de inmediato por el tipo de timbre que emitió. Lo increíble es que estiró la mano hasta el pantalón y extrajo de un bolsillo el aparato, sin sacar su verga en ningún momento de mis entrañas. Contestó mientras continuaba castigándome con sus embates enérgicos. Nunca me había pasado algo similar. Pude escuchar que alguien requería de su presencia y que él asentía. ¿En qué trabajaría? La última frase que pronunció fue: ―No te preocupes, que voy a estar a las ocho en punto. Unos segundos después colgó y siguió follándome con ganas. Así estuvimos una hora o más, hasta que en un determinado momento me dijo que se debía ir. El sujeto tenía, por lo que escuché, una cita a la misma hora en que me iba a casar. Salimos, pagó la cuenta con dinero en efectivo y me dejó en la estación de servicio que le pedí. Nunca dormí la tan ansiada siesta, pero sería una idiota si me quejo de eso. El placer que me dio aquel encuentro furtivo fue mil veces mejor. Tuve apenas el tiempo suficiente para ducharme, que me maquillen y me peinen. Cuando terminaron de prepararme ya me estaba esperando afuera el vehículo que me llevaría a la iglesia. Hicimos el recorrido con rapidez para no atrasarme y al llegar frente a la puerta del templo me esperaba mi papá, para llevarme asida del brazo hasta el altar. Al verme se acercó y antes de tomar mi bracito me explicó brevemente que el cardenal Solís no me iba a casar y que en su lugar lo haría otro sacerdote. A mí me daba lo mismo quién lo hiciera y, por mi mente pasó fugazmente la imagen del gordito postrado en cama e indigestado de tanto comer pasteles. Rectifico: su indigestión debía ser de tanto ser “comido” por esos chiquillos jóvenes y musculosos que lo volvían loco. No le hice comentarios a mi padre e ingresamos a la nave central de la iglesia acompañados por los sones de la marcha nupcial, interpretada por la orquesta filarmónica de la ciudad, presente por gestión de mi suegro. No puse mucha atención en las caras de los asistentes, pues sabía que iban a estar las mismas viejas encopetadas de siempre junto a los cornudos de sus maridos, que a su vez tendrían sus amantes también. Para qué admirarse si la humanidad es así. Avancé a paso seguro hasta llegar frente al altar y encontrarme con mi novio ataviado con un traje que lo hacía verse ridículo. Siendo sincera, él siempre lo era. Al situarme frente al ara[1] mayor levanté la cabeza y quise morir en ese preciso instante. Me debo haber ruborizado y por dentro sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, haciendo temblar todos los rincones de mi humanidad. Si hubiese podido, habría salido corriendo y dejo todo abandonado para siempre. ¡Qué vergüenza! ¡Qué bochorno! Apreté los dientes y pude retener la compostura y el sentido de la decencia con muchísimo esfuerzo. Lo que vi frente a mis ojos fue increíble e irrepetible: el sacerdote que nos casaría era el mismo tipo con el que estuve en el motel esa misma tarde. Él no se perturbó y prosiguió impertérrito y, como si nada, con la ceremonia. En un momento de descuido de mi novio me guiñó disimuladamente un ojo. Cuando llegue de la luna de miel voy a averiguar quién es para buscarlo y pedirle que sea mi confesor. Claro que no tengo intenciones de que me confiese en un confesionario. Para eso están los moteles. ¿No es cierto?

[1] Ara: altar.

06 mayo 2008

MONA RAMONA

Por: Carmen Váscones

“Me trataban como a un muerto que tiene

el inconveniente de manifestarse”
Sartre
Soy la conciencia amarrada a mi cuerpo. Me sigue mi ánima, busco un testigo. Palabras extrañas se imponen. Me persigue el miedo. Paso al otro lado. Ahora, estoy boca abajo, mañana boca arriba. Quiero irme, quiero quedarme. Estoy atada o desatada del mundo. Diablo, ¿para dónde? Dios, ¿estoy muerta?. Las consultas continúan. Ella me busca. La espero donde siempre. Asisto sus intervalos que no diferencia los límites. Ella quiere irse al cielo, no quiere quedarse en la tierra. Pero quiere llevar el infierno sin que nadie se entere. Ella recuerda a uno: su niño, su yo, su dios. Su vientre vacío lo toca, pregunta, ¿dónde estás pequeño? Se toca la cara. Se busca entre sus ropas. Dice, como lejana de todo contacto -el cementerio está lejos-. Otro día, está en el calvario camino a la resurrección. Canta, soy la mona, corazón adolorido, no sé que me duele, cariño ahógame en besos. Canto en semana santa para ti señor. En día de luna la virgen salió preñada, pobrecita, a su hijo lo van a matar, que huya, que no se deje encontrar. Aleluya, mi señor te han hecho la guerra. Hacen la señal de la cruz, padre nuestro dónde estás, el río llora con su alma. ¿Qué te duele otra vez? Adivina adivinador. Mi madre me decía boca de nadie. Acompaño su búsqueda, sus retazos orales se desparraman en las anotaciones, su trazo mental parece un hilo descosido en la lengua. Maldito amor, la guerra termina contigo. ¿Por qué pienso en María concebida sin pecado original? ¿Y yo? Que me perdone Dios por mis pecados. ¿Soy Eva del paraíso? No me distingo de ninguna. Estoy muriendo de pena, no puedo llorar, tengo vacío los ojos. Coqueta concepción, mi hijito se llama corazón. ¡Mamá! ¿Por qué me maldijo? Desde su conjuro estoy rodando por la tierra. Vela encendida, llama desconocida, pueblo endemoniado. No puede salir de las alucinaciones, su memoria rota no puede parchar los orificios de las palabras amputadas de raíz. Trato de plasmar su huella demente. Persevera su naturaleza esencial, da vuelta en sí misma. Su endeble existencia una ficción para el otro. Su acto es ella. Saliva la vida ordinaria dentro de lo mundano: lo obsceno en el placer del ser. Resistencia. Algo indecible. Aparecérseme, descubrirla: actuante del delito. Descubrirme personaje sin atributos. Me invento: la creo- traduzco el pase- No se me ocurre nada; y, sin embargo, vivir es pensar, es entrar a mí, es soñarme sin extrañarme. Darme vida sin matarme. Está divina, yo tenía una muñeca, se llamaba muñeca, nadie sabía el nombre, sólo yo. Nadie me lo preguntó. Mi marido me la regaló. Yo se la pedí después que murió mi hija. Divina es la adivina divina. Usted es puta divina. Gracia divina. Adorada divina. Maldita divina. Despreciada diosa. Mujer seas, sea yo. Bienaventurada las dos en el fuego divino. Arde mi cuerpo, y ¿el tuyo? No, no soy-. Tú tampoco. Tengo ganas de llorar, estoy en el encanto por culpa de la bruja. Lunes. Martes. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo siete, ni te cases ni te embarques. ¿Cómo devolverle su matriz mental? ¿Cómo sacarle la palabra que la llevó a la poza honda? Compongo sus fragmentos como partituras para ser leídas por no poderlas hablar, por no poder interpretarlas. Quizás tendré que explicarlo como caso, o como pieza literaria para argumentar esa nada sufriente e insuficiente en su vacuidad filial. Está harta de su inmovilidad, de la soledad de su génesis, está asfixiada en la rareza de su mirada a ninguna parte. Los movimientos de sus manos apenas alcanzan a avanzar sobre los sentidos desarticulados de lo que hubiese sido un pensamiento hecho un mensaje sin interrupciones, ni siquiera el eco de un fluir completamente lógico y libre de censura y del temor primordial. –Se me ocurre irónicamente, ¿acaso lo hay?-. La forma del interdicto es una marca umbilical, tiene una doble función, una de inclusión y otra de exclusión. El detalle clave está en ese juego incompleto de toda relación inicial de cada humano: uno no se elige, más hay una obligación con el ánimo y el anhelo, de no claudicar, de no abandonarse, de combatir, de no ceder. La pasión y la aflicción arremeten. ¿Cómo se acunó la angustia? ¿Cómo se amamantó el amor para que el desplazamiento del yo no se vaya a pique? Pareciera que en cada dolor el mito lamenta lo imposible del deseo? ¿Qué sueño hay para cada quién? ¿Cuál se te ocurre? Su voz inquiere -me dice-, no converso, aquí es la guerra, la hace toda la gente. El soldado va a la lucha para hacer un solo mundo, para hacer ganar de un solo lado. ¿Soy hija de quién si no soy de Dios? El hombre dispone. Mi padre y mi madre murieron en la guerra. Si hablo ¿me matan o no me matan? Razón imperfecta la fuerza, revoca el sentido. El gozo implora. La elección de la lucidez desamarra la nada y la muerte. En su abismo se encuentra con la historia de una vez sin espera, la suya, nadie la va a ver, la llevaron y la dejaron abandonada, botada. La elección fue la posibilidad cambiante: ser un ser: posible. Un resplandor persiste en la libertad que no da sosiego. El fracaso de un yo sin poder elegirse, sin comprenderse. La rendija circunda al otro que muere por mí, yo sufro por ella: lloro lo que no lloraré por mí. No hay opción. La mejora es otra forma de finiquitar lo irreconciliable: La vida está enferma de muerte. El tiempo es su aventura o desventura. Cual cómplice y aliada de la evidencia: el síntoma: náusea y melancolía, discordia y soberbia, en definitiva el orgullo desprovisto de distinción se refugia en delirios y realidades sin otros. Está harta de descubrirse ante el Otro que la inquiere, ella esta cansada de responder. Yo no quiero hablar, todo el mundo me pregunta. Todos quieren hacerme la guerra. Su laberinto de identidades se escabulle como manada de palabras en la punta de su existencia. Su lengua se desdobla, se parte, se mezcla, se iza en la muerte, se destierra, errabunda sin saberse en la duda. Está perdida entre el muro del hospital y su cuerpo. Su palabra rebota distinta, sin equivalencia, sin igualdad. La bruja es la patria sin rostro. Cara, cruz o sello la madrecita de todos los guerreros. Tuve que ser mujer por no ser hombre, hubiera sido... Quiere romper con el silencio que la tiene en las rejas del sin sentido. Ya no voy a estar muda. El tiempo está destrozado en su memoria, no le da espacio para conjugar y hacer la sintaxis de sus pensamientos que avista en el carrete de su recorrido en esa entrada consigo en un posible decir. Aquí me tienen muerta, yo me doy cuenta. Yo no sé por qué me da sueño. ¿Qué más quiere que le diga? La voz de la mujer deja escuchar la desgarradura de su psique. -Desde que murió mi primera hija tengo estos nervios. Quiero ir a mi casa. Estoy condenada no puedo salir-. Está abandonada y sometida al simulacro del orden y del encierro. No ha cometido ningún crimen. Quizás ha asesinado su yo y conciencia que no soportaba o le resultaron intolerables en el manejo del tú. O peor, la sepultaron en su propia boca. Ella fue recluida y expatriada del mapa filial antes del nacimiento y después de él. Yo me voy a ir, desde chica he sufrido, he trabajado. Me gustaba ir a casa de mi madrina. Aquí en este lugar es un sufrimiento. No dejan hacer nada, ningún oficio. Paso sin hacer nada. Todos pelean. Tratan mal. Estar bien es quedarse como estatua o hacer un oficio sin chistar. Me tienen deshaciéndome en trocitos de papel que pego y despego en mi risa sin tiempo. Cierro la página de las anotaciones, escribo: El argumento, es como una espiral retorciéndose sobre sí mismo, sin salida. Hay que salir de los terrenos de la interpretación de los otros mundos. De los Otros. ¿Ser más yo o menos yo? En la palabra de la cifra el signo roto de la imagen. El otro se camufla en la función. El personaje se atribuye la historia ? Uno y otros, pero no todos, ni ambos a la vez. Vuelvo a los últimos datos de la paciente. Leo: En todo caso deberían quererme, no me quieren. ¿Qué más quieren? Que me quieran. Los quiero, no me quieren. Me quiere no me quiere, en singular. Me quieren no me quieren, en plural. En singular y en plural al mismo tiempo. Me quiere - me quieren. No me quiere - no me quieren. Silencio. Intento.